El sábado, después de la visita a Madrid, teníamos ruta nocturna, una nueva experiencia. El día antes me había comprado una lucecilla a baterías con la esperanza de que su luz fuera suficiente para guiarme por la noche.
A las 10:00 nos juntamos, en el parque como de constumbre, veintidós, que no son pocos, con nuestras luces, reflectantes, pilotillos, chalecos, etc, lo importante era dejarse ver. La ruta nos llevó al castillo de Calatrava la Vieja, pasando antes por Carrión. En la plaza, los paisanos fliparon en colores al ver pasar a eso de las 11:00 a tanto ciclista.
En el castillo, cenita en el chiringo, heladito y de vuelta, esta vez por la ribera del Guadiana. Los sonidos de la noche son completamente diferentes a los del día: lechuzas, buhíllos, etc. se movían a nuestro alrededor. Hasta un pequeño erizo quedó cercado por nuestras luces. Menos mal que somos gente civilizada y, tras observarlo, le dejamos continuar con sus tareas nocturnas. Pasamos el puente de hierro sobre el Guadiana y para casa. A lo tonto, a lo tonto, llegué a las 3 de la mañana con 44 km en las piernas. A ver si este verano repetimos una noche mágica como esta.

















Para acabar el viaje, una visita a los Polders, las tierras bajas, esas situadas bajo el nivel del mar y que fueron desecadas gracias a los molinos de viento encargados de elevar el agua. Hoy son patrimonio cultural de humanidad declarados por la UNESCO.










Otros llevan bicis tipo carrito de los helados, otrora habituales en nuestras calles. 















